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El modelo laboral actual, fruto de la peor manera de entender la globalización, se está caracterizando por una pérdida continua de los derechos de los trabajadores obtenidos como el resultado de decenas de años de lucha. La culminación de esas luchas fue, al final de la II Guerra Mundial, la instauración en Europa de lo que se conoce como el “estado del bienestar” y que tiene como común denominador el cubrir, de una u otra manera, necesidades básicas como la sanidad, la educación, el disfrute de tiempos de descanso retribuido y jornadas máximas regladas. Bien es cierto que esta situación se ha circunscrito al ámbito europeo sin que por ello los trabajadores de países como USA no hayan accedido, dentro de unas pautas culturales diferentes a las europeas, a beneficios que propiciaron su instalación en una situación de bienestar económico y social nunca antes alcanzada.

 Es evidente que esta situación, en función de la perspectiva desde la que sea observada, podría ser la “estación términi” o una simple etapa en un camino más largo hacia una sociedad más libre, igualitaria y fraterna y por ello más justa. Todo dependerá de la óptica desde la que se quiera uno asomar a la historia. En cualquier caso nos encontrábamos en una situación, por decirlo de alguna manera, feliz. La ya citada globalización vendría a poner en entredicho esta y otras cuestiones.

La libérrima circulación de capitales en busca de un incremento constante de los beneficios financieros,  y los incrementos exponenciales de la oferta de bienes en busca, así mismo, del máximo beneficio industrial, ha dado lugar a la deslocalización de industrias de todo tipo en busca de lugares en los que los costes de producción fuesen los menores posibles, y sin que esta reducción de costes viniese propiciada por un aumento de la productividad si no por una disminución de la protección social y exigüos salarios, todo ello unido a la explotación de mujeres y niños hasta niveles más propios de los siglos XVIII y XIX que de los que se suponía debían regir la sociedad del siglo XXI. Lisa y llanamente la oficialización del dumping social.

 Es claro, tras lo expuesto, que nos encontramos ante un retroceso de los derechos de las trabajadoras y los trabajadores. Situación más grave aún si tenemos en cuenta que no sólo no se ha conseguido extender aquellos derechos que disfrutaban quienes trabajaban en el llamado primer mundo, sino que estos están viendo como se van diluyendo de forma paulatina por el chantaje que se sufre, desde las grandes corporaciones transnacionales, para que se renuncie a los ya adquiridos, so pena de la pérdida del trabajo.

Parece evidente que, en unos momentos en los que la técnica hace posible el incremento de los bienes producidos sin que sea necesario un mayor aumento de la mano de obra empleada, hemos de plantearnos un nuevo modelo productivo que pasaría, de forma inexorable, por la reducción del tiempo que cada persona dedica al trabajo para que todos puedan tenerlo.

No es nada nuevo, Bertrand Rusell, en su “Elogio de la ociosidad“, escrito en el primer tercio del siglo XX, ya propugnaba una nueva organización del trabajo en base a parámetros que, con el paso del tiempo y los avances tecnológicos, se muestran cada día más necesarios para acercarnos a una sociedad en la que el incremento del tiempo de ocio permita acceder a mayores cotas de crecimiento espiritual.

Una sociedad así únicamente sería posible si se fundamenta en la libertad, la igualdad y la fraternidad. Un camino diametralmente opuesto al que parece que recorremos en estos momentos.